¡Aburrirse es genial!

Todos dicen “Me aburro”: desde los más chiquitines, que necesitan ocupar cada minuto de su tiempo contigo o con algo que les divierta, hasta los mayores, que tienen el entretenimiento en el primer lugar de su escala de prioridades. Como si aburrirse fuera algo malo o impensable, más cuando parece demostrado que los momentos de aburrimiento son necesarios y, muchas veces, de los más productivos en la vida de los niños y también de los adultos.
“Me aburro”, en la mayoría de los casos, suele ser una de las frases favoritas de los niños, sobretodo, en verano.
Existe consenso entre los expertos que el aburriento es necesario en la infancia para despertar la creatividad por lo que el significado de estas dos palabras encierra en sí mismo un reto y una oportunidad. Aburrirse les da a los niños la posibilidad de decidir cómo usar el tiempo “vacío” y de abrir caminos a través de los cuales poder averiguar qué es lo que les gusta, adentrarse en el mundo de la imaginación, el juego inventado, los experimentos, la lectura… en definitiva, de aprender a entreternerse ellos solos.
Aburrirse puede ser mucho más constructivo de lo que se puede llegar a pensar. Nosotros, como adultos, podemos encontrar miles de recursos online y offline con ideas para entretener a los niños, pero la mejor inversión que podemos hacer en ellos es descubrirles que, dentro de su cabeza existe un reino inagotable que se llama fantasía, imaginación y creatividad y que recorrerlo puede ser algo muy enriquecedor y divertido.
Es un hecho que tener hijos implica la responsabilidad de protegerles, educarles, guiarles,… pero también de que hay momentos para todo y de que es importante que esa dedicación no desemboque en dependencia, ni en estar entreteniéndoles todo el tiempo, porque nosotros como adultos también necesitamos nuestros propios momentos. Un espacio donde cada uno, tanto ellos como nosotros, pueda ser él mismo y en donde poder estar tranquilo (o bien ocupado) pero a nuestro ritmo.
Ninguna ocupación -ni siquiera la inacción- es intrínsecamente mala. Nadie está en blanco todo el tiempo y se considera que los momentos en los que la mente divaga son imprescindibles para la reflexión, para procesar ideas, para poner freno a la intensidad del día a día y para generar planes de futuro, o para pensar lo que queremos y lo que no. Y eso sirve tanto para los pequeños como para los adultos. De ahí que sean tan necesarias las vacaciones con momentos de desconexión e inactividad.
Por supuesto que no podemos esperar que los niños se pasen el día en” babia” pero un tiempo de relax es muy interesante para ellos porque también en su día a día están sometidos a un ritmo frenético y enganchados a actividades que les proporcionan gratificaciones inmediatas, algo que no corresponde con la vida real. Aburrirse rebajará esa necesidad de estimulación constante y dejará espacio para un mejor aprendizaje del autocontrol y autonomia. Eso sí habrá que procurarles un entorno ideal con juegos, libros, papel en blanco, útiles para escribir, pintar o dibujar y, si son ya más mayores, espacio al aire libre donde explorar con seguridad (si están en el pueblo seguramente saliendo a la calle con otros niños y “vivir aventuras”). Darse cuenta de que pueden divertirse de otra manera va a resultar para ellos todo un descubrimiento que, además, les hará sentirse bien.