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Buenas maneras para ir por la vida

Las buenas maneras, o la buena educación, son ese aspecto de la vida que tan bien nos hace sentir en nuestra convivencia con los demás. Por eso, desde pequeños, debemos de enseñar a los niños el valor del respeto y su importancia para que puedan aprender, paulatinamente y conforme a su edad y a sus habilidades, que existen unas normas y unos límites básicos que deben seguir para vivir en armonía con aquellos con quienes comparten su vida. Ya sea en casa, en la escuela infantil, en el colegio, en el instituto… y, más adelante, en la vida adulta. Porque la buena educación es algo que además de facilitarles su día a día hará, casi con total seguridad, que puedan sentirse mejor consigo mismo -el valor de las cosas bien hechas- y también con su entorno.


Ser educado es un valor fundamental en la vida, por ello es básico que, como adultos, eduquemos a los niños en valores tan importantes como el respeto, la responsabilidad, la amabilidad, la generosidad, la igualdad, la tolerancia, la honestidad, la confianza, la empatía, la prudencia, la solidaridad… para que estos se muestren en sus relaciones cotidianas como algo habitual y los tengan interiorizados.

Es esencial que, desde el principio, los niños entiendan que nadie es más que nadie y que todos compartimos este planeta y esta existencia, cada uno con nuestra historia de vida. Debemos enseñarles a valorar a todas las personas por igual, independientemente de dónde procedan, donde vivan, de su capacidad económica… Porque la educación muestra quienes somos, y desde qué perspectiva y forma vemos el mundo, que también, en el caso de los niños, es un fiel reflejo de lo que les transmitimos los adultos.

Eso significa que en el comportamiento cotidiano las palabras y los gestos importan. El respeto, al final, se traduce a través de esas palabras y los gestos hacia los que queremos y también hacia los que comparten nuestras vidas con nosotros.

Los límites, tan comentados en otras de nuestras publicaciones de Cuida de Mí, una vez más, se vuelven básicos y, nuevamente, recalcamos que nada se enseña mejor que con el ejemplo. Seamos los primeros en dar las gracias. En saludar al llegar a casa o en decir adiós al marcharnos. Preguntémosles por su día a día. Interesémonos por sus cosas. Hablemos distendidamente con respeto y confianza. Y felicitémosles cuando muestren un comportamiento adecuado con nosotros y con su entorno.

Las palabras mágicas básicas de la primera infancia deben ser “Por favor y gracias”. Y saludar también se vuelve fundamental. Tenemos que enseñarles que hay un mínimo de cortesía que se les va a pedir. No hace falta que se hagan amigos de todo el mundo, ni que besen o abracen si no les apetece (y más en los tiempos de distancia social que vivimos) pero sí que den muestras de educación saludando de manera cortés.

En edades tempranas la “lucha” estará a menudo en que aprendan a reclamar la atención sin cortar conversaciones, sin gritos, sin tirones, sin llantos… esos que aparecen justo cuando te llaman por teléfono o encuentras a una amiga y acabas por acortar el momento. Como con las rabietas, cárgate de paciencia y dile amablemente, pero firme, que no es el momento y que ahora toca hablar con papa, con los abuelos,… o saludar y hablar con esa persona que te acabas de encontrar.

Evidentemente hay que ofrecerles oportunidades para socializar, no solo con niños, sino también con los adultos, en el parque, por la calle, con los vecinos.  Una buena manera es incluirle en tus conversaciones. Así seguramente, poco a poco, él o ella irán interactuando.

Conforme vayan creciendo, un aspecto fundamental en el tema de la “buena educación” es que las formas y el fondo vayan al siempre unísono: demostrando y haciendo cosas que el sentido común nos dice que han de ser así. No se trata de aprenderse reglas de protocolo diplomático sino de ser ordenados, armoniosos y respetuosos con los demás en las distintas áreas de la vida, desde la comunicación a los espacios comunes de convivencia. Y esto significa que entiendan que hay que tener un respeto hacia el resto de personas igual que queremos que los demás lo tengan con nosotros.

Además de saludar es importante, en el caso de los adolescentes, que muestren cierta empatía hacía los demás. Hacia los adultos. No pueden parecer estatuas o pertenecer a un mundo aparte con sus cascos, como si no hubiera nadie más aparte de ellos. No hace falta ser amigos, sólo vecinos o conocidos. Tampoco es que tengas que obligarles a tratar con gente que no quieren, pero exponerles a este tipo de relaciones es necesario para que puedan aprender a manejarse con todo el mundo sin problema.

En esta etapa es importante insistir en cosas típicas de los adolescentes, como no reírse de los demás o no poner motes, además de no usar un lenguaje que, seguramente, de pequeños jamás utilizarían ante nosotros o ante otros adultos.

Otro aspecto básico es el de aprender a disculparse, no hay nada como alguien que sepa rectificar para que se le considere maduro y con buena educación. Saber pedir perdón sin perder la razón, con asertividad, es un arte que pueden empezar a practicar desde ahora.

La primera impresión sí que cuenta, y a menudo es lo único que van a tener de nosotros personas que no tienen por qué darnos tiempo para conocernos mejor. Por eso la buena educación y el cuidado en los detalles es algo básico. A veces la diferencia entre dos currículos semejantes estriba únicamente en la impresión que ha causado la persona a quien se entrevista. Es algo sutil y se basa justamente en esos pequeños gestos de educación.

Se trata de ser alguien que tiene en cuenta a los demás: ser puntual y respetar las horas que nos han reservado. Ir correctamente vestido y aseado para dar la mejor imagen posible. Entrar después de otro en la habitación, esperar a que te muestren dónde sentarte. Dar las gracias por las oportunidades que se te brindan y no instalarse en las quejas o las críticas continuas.

En definitiva, los buenos modales en la edad ya casi adulta consistirán en demostrar lo que han aprendido durante su infancia, mostrando su mejor versión a los demás, sin dejar nunca de ser ellos mismos.

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