Ciberacoso. Preparados para detectarlo y actuar

El ciberacoso, también conocido como acoso cibernético o ciberbullying, es una forma de violencia que involucra el uso de la tecnología -especialmente de las redes sociales y de la mensajería en línea- para amenazar, hostigar o difamar a otras personas, acrecentándose además cuando se da en niños y niñas, al no contar estos con las herramientas necesarias para poder hacerle frente y defenderse. Y es, ante esta situación, cuando deben entrar en juego la protección y el amparo que nosotros como adultos les podemos y les debemos de ofrecer.
Tal y como hemos comentado en anteriores publicaciones de Cuida de mí, la OMS recomienda que el tiempo de exposición a las pantallas entre los 0 y los 2 años sea inexistente. A partir de esa edad, desde los dos hasta los cinco, menor de una hora. Y desde los seis en adelante menor de dos. Todo ello teniendo en cuenta que cuanto menos acceso tengan los niños, niñas y adolescentes a este tipo de dispositivos (móvil, Tablet, televisión…) más beneficioso será para ellos.
La prevención, la protección y la defensa frente al ciberacoso es algo de vital importancia que, además, deberá involucrar los siguientes factores: educación, supervisión y apoyo emocional.
Mantener un ambiente seguro en línea por y para los niños, niñas y adolescentes -sumando herramientas de control parental/monitorización- requiere de un enfoque proactivo y de favorecer, a su vez, una comunicación abierta y constante que nos permita abordar cualquier tipo de problema que pueda surgir tanto en su vida diaria como de su experiencia en Internet.
Si dialogamos con ellos día a día y les animamos a compartir todo lo que les ocurre, no solo cuando haya problemas sino también de forma regular, estamos seguros de que podremos atajar situaciones complicadas que, en muchas ocasiones, se van haciendo grandes a nuestras espaldas. Fomentemos la confianza necesaria para que puedan acudir a nosotros siempre que lo necesiten y contarnos todo aquello que les preocupe, les entristezca o les haga sentir mal.
Además, es un hecho que tendremos que ampliar nuestras miras para poder entender la globalidad del asunto, ya que por cada niño o niña que está siendo acosado hay uno o varios a su vez que acosan. Normalmente, todos los progenitores están dispuestos a admitir que sus hijos y/o hijas puedan sufrir acoso, pero solo uno de cada cuatro -en primera instancia- lo está de que puedan ser sus hijos o hijas quienes lo estén provocando. Ante esta circunstancia debemos de buscar soluciones que protejan a la víctima y que favorezcan la reeducación y el cambio de comportamiento de aquellos que ejercen el acoso, así como del resto de personas que lo mantienen. En estos casos resulta fundamental la colaboración con la escuela, pues su papel es esencial como mediadores entre los padres de los niños acosados y los acosadores.
Cuando se produzca el acoso, escucha, empatiza, refuerza la autoestima de quien es acosado y ponlo en conocimiento del centro donde se esté produciendo (escolar, deportivo…), recopilando todas las pruebas posibles para que puedan tomar las medidas pertinentes, así como hablar con los padres del niño/s niña/s que lo está provocando para intentar solucionarlo a través del diálogo.
Y si el acoso proviene de las redes sociales o de páginas web hazlo constar para que eliminen estos mensajes y bloqueen la comunicación de forma inmediata.
Si con estas medidas no conseguimos solventar la situación deberemos ponerlo en conocimiento ante las autoridades pertinentes (Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad del Estado). Todos tenemos derechos digitales y la obligación de respetar en línea a los demás al igual que lo hacemos en la vida real.
Para evitar el ciberacoso externo -el de personas que no son de su círculo de confianza- deberemos tener en cuenta una serie de reglas básicas. Puedes leer acerca de las mismas en el siguiente enlace.
Además, sigue siendo muy válida la regla de oro de limitar el tiempo y el acceso a Internet y al móvil, y el derecho de los adultos a supervisar qué hacen, dónde lo hacen y con quién lo hacen, para evitar situaciones inadecuadas. Mantente al día de la tendencias relativas a las Redes Sociales y prioriza las actividades en el mundo real, físicas y al aire libre, o intelectuales, como son la lectura, la escritura y el juego, para que el mundo virtual no ocupe el espacio que no debe. Así mismo, fomentar un uso seguro de internet y de las redes sociales supone también acompañarles en su uso y educarles en un uso correcto.
Ser un buen modelo a seguir también es importantísimo: no solo usando los móviles y las pantallas de una manera adecuada como tú le pides a ellos que lo hagan, sino también tratando de manera correcta a las personas, sin faltar el respeto (en el coche, a la tele …), criticar, poner motes, burlarse, hacer sentir de menos a los demás… porque si no creerán que esa la manera normal de proceder y que por tanto ellos también pueden hacerlo.
La empatía se puede y se debe enseñar. Los niños deben aprender que nuestras palabras y acciones pueden afectar a los demás. Por eso todos, adultos y niños, debemos de ser cuidadosos y respetuosos. En caso de habernos equivocado o haber herido a alguien será importante disculparnos de manera sincera con la intención de reparar el daño causado. No obstante pedir perdón no siempre será suficiente, razón por la cual se deberán invertir más esfuerzos en evitar que esto suceda que en arreglar la situación a posteriori. Instaurar valores de empatía y respeto en la educación de los niños es clave para su protección en la vida “real” pero también en el mundo digital. De este modo sabrán cómo respetar a los demás y cuándo los demás les respetan o no y podrán pedir ayuda y denunciarlo, así como apoyar a otros que lo estén sufriendo.
El mundo digital y lo que nosotros los adultos entendemos como la “vida real” forman partes iguales de su mundo y de su realidad, de manera que no pueden entenderse el uno si el otro. La clave para la protección de los niños y niñas en ambos entornos será una educación en valores que permita transferir dichos valores al mundo virtual. La dificultad para trasladar estos de un mundo al otro radica en que el digital está asentado sobre principios en ocasiones contradictorios con el bienestar de los niños, como por ejemplo: el anonimato que ofrece internet a quienes ejercen acoso, la exposición pública de las víctimas, la rapidez con la viaja la información y se viralizan tendencias de riesgo, la cultura de la aprobación inmediata (likes), los ideales distorsionados, la mal entendida libertad de opinión que atenta contra otros derechos fundamentales de los demás, o la dificultad para discernir lo real de lo ficticio junto con la consecuente facilitad para alterar la realidad.
Cuando las líneas sean difusas y no sepamos distinguir si algo es broma o va en serio, o si es o no cosa de niños, siempre deberá prevalecer la protección de los niños afectados y la garantía de preservar su interés superior, es decir, de actuar en base a lo que resulte más beneficioso, favorable y necesario para dicho niño. Las bromas dejan de serlo cuando quien las recibe siente angustia o tristeza o no le agradan.
En el mundo del acoso y el ciberacoso es muy importante contar con suficientes herramientas para resolver conflictos, como cuando suceden el mundo real. Exponer su opinión de manera asertiva diciendo “lo que estás haciendo o diciendo no me hace sentir bien” o saber pedir ayuda cuando sea necesario a sus profesores o padres se vuelve fundamental y forma parte de una serie de habilidades que deben adquirir para manejarse de forma segura tanto en el mundo virtual como en el real. También se puede recurrir directamente al bloqueo y a la denuncia a los moderadores de esas personas que molestan. Además, como comentábamos anteriormente, habrá que guardar pruebas tomando pantallazos de las evidencias para mostrarlas en el caso de que sea necesario.
En ocasiones, si el ciberacoso se produce entre compañeros de clase o del centro, las escuelas pueden parapetarse argumentando que este no ocurre en el colegio o en el instituto o que se da fuera del horario escolar. Pero si este tiene lugar entre alumnos y alumnas y genera dinámicas que trascienden del mundo virtual a las relaciones reales, por supuesto que deben de actuar y ser consecuentes. Si sospechas que está ocurriendo algo así, toma registros, habla con los profesores y, si no prospera, acude a las autoridades.
Tener una buena relación previa con los otros padres puede resultar de ayuda para solucionar el conflicto, pero debes tener en cuenta que aún así puede resultar complicado ya que, como decíamos en los primeros párrafos, no todos los padres son conocedores de la situación o están dispuestos a admitir que sus hijos y/o hijas ejercen acoso sobre un compañero. Es difícil de asimilar, pero pasa, de hecho, en el mismo número que en el de las víctimas, o incluso más, pues siempre suele haber cómplices ya que es frecuente que los acosadores no actúen solos.
Si tu hijo ha sido víctima de acoso, salvaguarda su interés y toma acciones, consensuadas con él, que contribuyan a protegerle y le hagan sentir cómodo y actúa pensando en lo que resulte más beneficioso para él dejando en segundo plano otros aspectos.
En resumen, favorece un ambiente familiar positivo de confianza y escucha. Establece límites saludables y refuerza su autoestima. Fomenta la empatía y potencia la adquisición de habilidades sociales ya que, de este modo, tendrá mucho ganado ante posibles situaciones de ciberacoso (y acoso) y, además, sabrá qué medidas tomar en caso de estar sufriéndolo tanto el como otros.