Top

Cómo razonar con los adolescentes

Como adultos, por experiencia y por edad, nos sentimos con pleno derecho a marcar reglas y normas en la vida de los niños. A mostrarles el camino a seguir o, entre muchas otras cosas, a guiarles mediante pautas de comportamiento que a nosotros nos parecen las correctas. Evidentemente, todos lo hacemos pensando que nuestros valores, nuestra forma de pensar y nuestros consejos van a ser los más adecuados para su desarrollo.

Sin embargo, los niños son personas con ideas propias (y así tiene que ser) y no siempre van a compartir nuestros puntos de vista, nuestros gustos o nuestra forma de ver las cosas. Desde bien pequeños, cada uno de nosotros tiene un carácter innato que nos hace ver  la vida con nuestros propios ojos y nuestra manera de pensar, y  esto puede provocar diferencia de opiniones, o desencuentros, para lo cual no hay mejor forma de solucionarlos que razonando.


Cuando pasan los años, por regla general, la comunicación con los menores se complica, y de la etapa del “¿por qué?” de pequeños, y su interés en  saberlo todo, pasan a la adolescencia, junto con todos los cambios que ésta conlleva. Las pantallas, ya sean en forma de ordenador, tablet, móvil o televisión, suelen captar gran parte de su atención y no siempre es fácil mantener una conversación tranquila y profunda con ellos. 

Y cuando surge el diálogo, en muchas ocasiones, discrepan en su manera de ver la vida, y las reglas de los adultos, generándose conflicto en lugar de la deseada conversación que nos gustaría mantener con ellos. Hay que aceptarlo como parte de esta etapa vital e intentar comprenderlo. Están descubriendo el mundo y en lugar que ocupan en él. Ya no son “uno más” en su familia o en su clase y necesitan saber cuál es su lugar, conocer más cosas, más opiniones, más opciones y ser libres para elegir la suya. Debemos aceptar que, en más de una ocasión, no pensaremos igual que ellos, pero eso no significa que no nos quieran más sino que tenemos que aprender a conocernos mejor.

Los adolescentes piensan, como lo hicimos nosotros en su momento, que sus padres no les entienden y que no son capaces de ponerse en su lugar. Ya que ellos no lo van a hacer, debemos intentar ponernos en su piel, hablarles de tú a tú, pero con un diálogo sereno y razonado y, si no están de acuerdo con nuestras normas y propuestas, o con nuestra forma de ver la vida, podemos hablar sobre ello y que nos expongan las suyas. Eso sí, siempre desde el respeto, participando y compartiendo los diferentes puntos de vista. Y si las propuestas que nos hacen son buenas, aceptarlas o ceder no significa una muestra de debilidad sino de sensatez. Y si no lo son, habrá que hacérselo ver y volver a empezar. En estos momentos la paciencia vuelve a convertirse en la herramienta más importante, como lo era en la primera infancia.

Su forma de actuar, o de querer hacer las cosas, deberá seguir también unas pautas establecidas con el consenso de ambas partes. La impulsividad de la edad les conduce a veces a ir demasiado rápido, más de lo que deberían, sin preocuparse de dar explicaciones o de sopesar las consecuencias de sus actos. No debemos dejarnos arrastrar a una creciente espiral de reproches. Bajemos el ritmo, hablemos e intentemos entendernos los unos a los otros, desde la base de que todos estamos en el mismo barco y queremos que haya buena convivencia y que por supuesto, por encima de todo, queremos que sean felices sin renunciar a quienes son.

De 0 a 3 y de 3 a 6 años
De 6 a 12 años
De 12 a 16 y de 16 a 18 años

Valora esta publicación

Promedio 4.8 / 5. 4