Top

Cuando todo es ¡NO!

Una sola palabra y… ¡cuánto significado encierra! Porque el NO reafirma la posición de los niños en el mundo, su capacidad de pensar y también de decidir qué quieren o no.

Autoafirmación en los pequeños, rebeldía en los mayores, el NO puede llegar a generar situaciones conflictivas que, con  tacto y una serie de estrategias adecuadas, podemos solucionar.

Las normas sirven como guía para la conducta de cada miembro de la familia -estableciendo los límites que no se deben transgredir- proporcionan al niño una guía para comportarse, así como una base para predecir y anticipar la conducta de los demás. Ordenan el ambiente, lo hacen coherente y aportan seguridad.

Las normas deben ser estables, no cambiar en función de los estados de ánimo de los padres/madres o cuidadores. Es muy importante que los/as adultos responsables estén de acuerdo en las pautas educativas. Si no es así, los niños/as y adolescentes se confundirán.

Los límites no son sinónimo de castigo sino de enseñanza, marcan lo que se espera de nosotros, además, ayudan a los niños a asumir el control de su comportamiento (ajustándolo en función de las respuestas que reciben o de las consecuencias de sus actos) y les enseñan a ser responsables.


Desde los nueve o diez años, hasta bien entrada la adolescencia, los niños, por regla general, buscarán determinar a toda costa su parcela de poder y de decisión. Ante esto vamos a tener que ser firmes en nuestras normas y dejar claro cuáles son los NOS rotundos con los cuales no podemos transigir.

Es normal que ellos se pregunten cuándo van a poder mandar y sobre qué áreas de su vida. Y que, conforme se conviertan en adolescentes, comiencen a cuestionarse si los valores sobre los que basamos nuestra vida y su educación son también los suyos o, por el contrario, no les parecen los adecuados.

Los adolescentes, por definición, se revelan ante lo establecido, ante todas esas normas que les afectan y que a ellos nunca se les han consultado, por razones obvias. Vuelve, más que nunca, el “tira y afloja” para lograr autonomía e independencia y por decidir por ellos mismos y, en buena parte, vamos a tener que confiar en que lo sembrado, esa escala de valores que les dimos cuando eran pequeños, va a seguir funcionando (aunque sea en su interior más escondido). Que van a saber protegerse y que, además, vamos a tener que ir soltando cuerda.

Una regla fundamental será usar las normas basándonos siempre en el mismo criterio, y no de forma volátil: ahora eres mayor, ahora eres pequeño, y si pensamos que no son lo suficientemente maduros, o nos han demostrado que no toman las decisiones adecuadas, habrá que insistir en lo que se espera de ellos y acordar qué sucederá si no cumplen con lo establecido.

Sobre todo tenemos que tener en cuenta que esa actitud de negación ante el adulto no deja de ser una fase, que será más o menos larga según las diferencias reales de criterios entre ambas partes, y que hay barreras que jamás deberán cruzar sin perder de vista que, antes de la mayoría de edad, somos responsables de sus actos, por lo que seguimos teniendo la última palabra en las decisiones que les conciernen.

De 0 a 3 y de 3 a 6 años
De 6 a 12 años
De 12 a 16 y 16 a 18 años

Valora esta publicación

Promedio 3 / 5. 2