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Decir la verdad. Un paso más libre y más confiable

Lo adultos no siempre decimos la verdad. Ya sea a través de mentiras piadosas, u otras que no lo son tanto, es un hecho inherente que a nadie le gusta. Pero ¿por qué lo hacemos?

Las razones pueden ser muchas y muy diversas: para eludir realidades que no nos agradan, para no hacer sufrir a los demás, por temor a ser rechazados,…

Y en el caso de los niños tampoco es tan diferente: para evitar el enfado de los mayores, para defender su inocencia, por temor a ser castigados,…

Sin embargo éstas pueden dañar y deteriorar las relaciones, así como romper la confianza, tan importante en todos los ámbitos de la vida, y en la convivencia en familia… La cuestión es ¿cómo podemos detectarlas y evitarlas?


Las primeras mentiras para los niños son como una fuente de experimentación entre la realidad y la fantasía. Es extraño que al decir algo “pueda convertirse” en realidad o que alguien pueda creer que es así o así ha sido. Y eso les da un poder increíble y les abre la puerta a inventar y a usar la imaginación para crear sus propias realidades.

Mentir supone sacar un beneficio de alguna manera para ellos, ya sea para lograr la aprobación o la admiración de otro (¿Derrotaste a un dragón tu solo?” “¿así que preparaste tú solito estas magdalenas?”) o bien para eludir la culpa, negando haber hecho algo que pueda suponer un castigo.

Si bien es importante distinguir entre mentiras, pues no todas tienen el mismo calibre, ni tampoco las mismas consecuencias. Como por ejemplo una “trola” dentro de su mundo de fantasía que no hace daño a nadie.

Otras veces nos mostrarán aquello que su corazón desea “Tu hijo le ha dicho al mío que tenía un gatito precioso” (cuando no lo tiene) para, de esa forma, poder hacerlo realidad durante unos instantes. Son hazañas que, por un momento están a su alcance y que descubrimos enseguida por lo inverosímiles que son.

Otra cosa es si el niño, entre los 3 y los 5 años, comienza a utilizar las mentiras para eludir algo que ha hecho, ya que esto puede demostrar que siente miedo al saber que habrá consecuencias. Nuestro papel como adultos debe consistir en ayudarle a aceptar la responsabilidad y, para que se sienta libre de hacerlo, no reaccionar desproporcionadamente, ya que, en definitiva, no se trata de que nos teman sino de que nos respeten y entiendan que todo se puede arreglar y que la valentía para aceptar la responsabilidad es muy valiosa para ti, además de para ellos en el futuro.

También hay niños que mienten sistemáticamente por una situación de estrés sostenido en casa o en su entorno cercano. Son llamadas de atención, o bien porque se sienten desatendidos o porque no saben cómo gestionar algo que le está pasando. Seguramente no saben ni por qué lo hacen pero lo convierten en su válvula de escape. Nuestro papel es intentar destensar, proporcionarles momentos de relajación y atención y felicitarles cuando sean sinceros, es decir cuando nos expliquen las cosas sin mentir.

Finalmente, recalcar que somos sus modelos y  sobre todo, debemos ir con cuidado con las pautas incoherentes que a veces podamos darles. En ocasiones decimos sin pensar excusas que son mentira para escabullirnos de algo e incluso les pedimos a nuestros hijos que nos secunden o no nos descubran… y eso, en cierta manera, es lo mismo que darles permiso para que ellos también puedan hacerlo.

De 0 a 3 años
De 3 a 6 años
De 6 a 12 años
De 12 a 16 y de 16 a 18 años

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