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Educar en la misma dirección

A la hora de educar, es muy importante tener en cuenta que dividir los roles familiares entre el bueno y el malo no es lo más adecuado, ni una estrategia positiva, ni mucho menos efectiva. Que uno se convierta siempre en el permisivo y otro en el estricto es un “juego” que no es justo para nadie y que, además, tampoco se corresponde con la realidad.

En el mundo real y cotidiano las cosas no suelen ser siempre blanco o negro y, según nuestro estado de ánimo o las circunstancias, unas veces, unos u otros, podremos optar por ceder y otras por no transigir, sin que los papeles estén establecidos ni sean de nadie en concreto. Y en este equilibrio está el punto intermedio.

Es conveniente tener en cuenta que los niños deben aprender a aceptar que no siempre conseguirán lo que quieren y también a tolerar la frustración, y que esto no es malo para ellos sino un aprendizaje vital, ya que si no tendremos a niños, y en el futuro adolescentes, que no aceptarán los límites, ni las responsabilidades.

Por el contrario si el estilo de crianza es demasiado estricto y autoritario, hasta el extremo de lo rígido, y decidimos siempre por ellos, sin dar explicaciones más allá del “porque yo lo digo” los niños optarán, seguramente, por adoptar una actitud temerosa o por mentir y hacer las cosas a escondidas.

 Y si nos alternamos el rol, en unos u otros temas, estaremos generando confusión y creando a “pequeños tiranos” que sabrán cómo “ganarse al aliado” que sirva a sus propósitos aunque se trate de algo que no les convenga en absoluto.


Cuando los niños crecen, aprender a distinguir con quién es más fácil hablar para que les dé permiso para hacer algo, los libere de alguna responsabilidad, o quién “cederá” ante determinadas peticiones.

Esto es porque a la hora de educar solemos adoptar roles, no tanto por nuestro género sino por nuestro carácter, y ellos, que en la adolescencia ya son capaces de tener razonamientos más complejos, detectan nuestras “debilidades”, y aquello en lo que no estamos completamente de acuerdo, y lo explotan cuando les conviene. Por eso, a estas edades es, todavía aún más importante, transmitir a los hijos que coincidimos al 100% en nuestra manera de educar. Pronto tomarán sus propias decisiones, y las elecciones a realizar serán mucho más difíciles y los riesgos mayores y, por eso, será esencial mantenernos unidos en las normas y, sí, quererles y mimarles, pero siendo firmes ante los límites establecidos.

Sobre todo, como con los más pequeños y medianos, habrá que tener el mismo discurso, incluso en los casos en los que los padres no estén juntos, para que, aunque no se conviva, los chicos puedan recibir unas pautas únicas y compartidas, ya que dividiendo se creará desconcierto y confusión y se harán más patentes las desavenencias. Lo ideal sería establecer unos criterios y resolver las diferencias sin que ellos estén presentes. Aceptar lo acordado y atenerse a ello o perderemos un instrumento esencial para el acuerdo, la negociación, el bien de los niños y la paz familiar pese a las rupturas de pareja.

De 0 a 3, de 3 a 6 y de 6 a 12 años
De 12 a 16 y de 16 a 18 años

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