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Mi hijo está llorando

Llorar es humano. Algo natural e intrínseco a nuestra condición que nos sirve desde que nacemos para expresar cómo nos sentimos y si algo nos produce dolor, pena o incluso alegría. Sentirse triste a veces y llorar, tanto si somos niños como si somos adultos, es normal y no tenemos por qué avergonzarnos de ello.

Las lágrimas de los niños nos afectan desde que son pequeños porque nos dicen que algo no va bien y despiertan en nosotros el instinto de protección y de ayuda para intentar tranquilizarles, calmarles y que se sientan mejor. Aprender a entender esas lágrimas, a mitigarlas e incluso a reconducirlas es parte del aprendizaje de ser padres y de conocer a otro ser humano, aunque sea “en miniatura”.


En contra de lo que se pueda pensar muchas veces, los bebés no lloran para llamar la atención sino que piden atención cuando la necesitan. Por ello, si les escuchamos llorar, debemos acudir ya que no tiene otra manera de indicarnos que algo les pasa: si tienen el pañal sucio o sienten hambre. Si están incómodos o cansados y no se pueden dormir. Si tienen sed o se sienten solos… ya que únicamente cuentan nosotros para poder ayudarles, consolarles, calmarles y que se sientan protegidos, reforzando además así el vínculo de unión.

No es infrecuente que un bebé sano llore de 1 a 3 horas al día. Sobradamente conocidos son los cólicos del lactante, que experimentan entre el 16 y el 26% de los bebés y que les hacen llorar desconsoladamente por no saber qué hacer con ese dolor que sienten. Afortunadamente, esta patología se resuelve hacia los 4 meses de vida sin más.

El llanto del recién nacido, conforme va creciendo, se convierte en todo un lenguaje, una forma de informarnos de su descontento o malestar que, si todo va bien, irá poco a poco desapareciendo conforme vaya encontrando nuevas formas de comunicarse con nosotros, ya sea a través del habla, la mirada, señalando…

Además, de alguna manera, las variaciones del llanto expresivo se irán sincronizando con nosotros, llegando a descifrar el motivo de éste solo por cómo suena, así como a distinguirlo del de otros bebés.

Entre los dos y los tres años, con la primera fase de las rabietas, el llanto se convertirá en muchas ocasiones en una protesta y en una manera de intentar conseguir lo que quieren. Ante estos comportamientos debemos de darles tiempo para que se calmen, e intentar razonar con ellos, aunque todavía sean muy pequeños y, sobre todo, no ceder para que aprendan que es un método que no sirve y no les conducirá a conseguir sus objetivos. Si solo son una exigencia por frustración y no por dolor o necesidad deberán comprender que no conseguirán nada con esa actitud y, por supuesto, tendremos que estar atentos a que ese llanto no se descontrole y a que aprendan que hay otros caminos mucho más productivos como son el diálogo y la negociación.

En cuanto al llanto por dolor podemos ayudarles a entender que, aunque éste es prácticamente inevitable, podemos aprender a sobrellevarlo de la mejor manera posible. Un “Sé que esto duele. Yo estoy aquí contigo,” mostrando empatía, y que vamos a estar siempre a su lado, suele resultar muy beneficioso en esos momentos.

Además, el llanto también puede ser debido a otros motivos como pueden ser cambios en su vida o en su rutina o, simplemente cansancio y, en este caso, debemos de escucharles, reconfortarles y ayudarles -y enseñarles- a afrontar aquello que les causa ese malestar.

De 0 a 3 y de 3 a 6 años
De 6 a 12 años
De 12 a 16 y de 16 a 18 años

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