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Mi hijo está llorando

Llorar es humano. Algo natural e intrínseco a nuestra condición que nos sirve desde que nacemos para expresar cómo nos sentimos y si algo nos produce dolor, pena o incluso alegría. Sentirse triste a veces y llorar, tanto si somos niños como si somos adultos, es normal y no tenemos por qué avergonzarnos de ello.

Las lágrimas de los niños nos afectan desde que son pequeños porque nos dicen que algo no va bien y despiertan en nosotros el instinto de protección y de ayuda para intentar tranquilizarles, calmarles y que se sientan mejor. Aprender a entender esas lágrimas, a mitigarlas e incluso a reconducirlas es parte del aprendizaje de ser padres y de conocer a otro ser humano, aunque sea “en miniatura”.


El llanto, a estas edades, además de todas las otras acepciones propias de la tristeza, la empatía o el dolor, puede ser la expresión de la impotencia, la rabia o el enfado que tan a menudo les embargan en esta etapa. Además, también puede resultar un arma arrojadiza pues, quizás, han comprobado que funciona con nosotros y la utilizan para conseguir aquello que desean. Se trata de verlo como si fuera una segunda oleada de aquella edad de las rabietas, pero corregida y amplificada. Por ello, por encima de todo, debe prevalecer lo fundamental: los límites y las normas se han hecho para cumplirlas, y por alguna razón en concreto, no para saltárselas o ceder a sus presiones, y menos si éstas vienen acompañadas de lágrimas. Si tienden a ello, tendremos que mantenernos firme y avisarles de que hablaremos cuando estén más calmados y en disposición de razonar.

En esta etapa de la vida algunos jóvenes pueden encontrar dificultades para adaptarse a determinadas situaciones que supongan algo muy doloroso para ellos, como puede ser la pérdida de un familiar, la separación de sus padres, un cambio de ciudad o de centro. Y es aquí cuando pueden iniciarse los síntomas de la depresión: tener ganas de llorar todo el día, no dormir o dormir demasiado, no tener ganas de disfrutar ni salir, estar irritable… Si al hecho que ha provocado este cambio se suman dificultades de comunicación en la familia, formas de pensar irracionales u otros componentes de base, la situación puede agravarse o hacerse más permanente. Las terapias que suelen emplear los profesionales, a los que aconsejamos acudir si se intuye que esto puede estar pasando, son estrategias para tratar ver el hecho puntual que ha provocado la crisis desde otro punto de vista y, además, si hay cuestiones por resolver de base, ayudar a restaurar vínculos y a generar comunicación de confianza que devuelva el equilibrio necesario al joven.

Y, como a otras edades, escucharles,  reconfortarles y ayudarles/enseñarles a afrontar aquello que les causa malestar, como pueden ser cambios en su vida o en su rutina o, simplemente cansancio, también seguirá siendo fundamental a esta edad.

De 0 a 3 y de 3 a 6 años
De 6 a 12 años
De 12 a 16 y de 16 a 18 años

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