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Seguimos teniendo cosas que podemos compartir

Desde que la COVID llegó a nuestras vidas estamos viviendo una situación histórica única que nos ha obligado a modificar muchas de nuestras costumbres, a ser más flexibles, a aceptar nuevas normas, a adaptarnos a nuevos modelos de educación, de trabajo… en definitiva a tener siempre a punto un sinfín de valores y habilidades que debemos tratar de transmitir a los más pequeños, y a los que ya no lo son tanto, de la mejor manera posible.


Con la llegada de la adolescencia es hora de entender el mundo de forma más global, de analizar las cosas con una perspectiva más amplia, de dejarles espacio para opinar y para que puedan sentirse parte de la misma situación que estamos viviendo los adultos.

El problema más grave con el que podemos encontrarnos a estas edades, y cuando se acercan a la edad adulta, es que piensen que la COVID no va con ellos, que no se den cuenta que son una pieza esencial y un vector importante de trasmisión de la enfermedad.

Por eso, aunque es fundamental comenzar a darles más autonomía y responsabilidades, deben entender las consecuencias de su comportamiento y de lo que este implica para el resto de la sociedad.

Hay que invitarles a hablar con madurez sobre lo que ocurre y lo que les preocupa, tanto respecto a ellos mismos como a las personas que les rodean, al futuro de la familia y al suyo propio. No es que los adultos tengamos todas las respuestas, pero al menos podemos ponerlas en común.

Se trata de que puedan comprender la importancia de servir de ejemplo. De protegerse y de proteger a los demás. De valorar lo que tienen. De lo realmente importante que son las personas a las que queremos. De la grandeza de compartir momentos de manera responsable. Y de que formamos parte de un proyecto común en el que todos somos únicos y una parte fundamental para vencer a la COVID.

Para los más pequeños
Para los medianos
Para los mayores
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