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¡Siempre vamos tarde!

 

El tiempo es una convención pública, una dimensión que, como la del espacio, nos permite situarnos, organizarnos e incluso relacionarnos con los demás y con el mundo.

Su percepción es algo muy particular y cada persona, desde pequeña, aprende a calcular instintivamente cuánto tiempo necesita para tomar el desayuno, arreglarse o prepararse para salir… Es un ajuste cerebral único que, además, depende de otras muchas cuestiones como por ejemplo lo mucho o lo poco que estemos disfrutando de una actividad, ya que una tarde entre amigos pasa rapidísimo y una hora de tareas escolares puede parecer una eternidad.

Por eso es muy importante que eduquemos a los niños en la puntualidad y el respeto hacia el tiempo de los demás ya que de esta manera tendrán mucho ganado en lo referente a este tema en la edad adulta.


Dicho esto, y que siempre habrá una forma propia de entender la dimensión del tiempo, hay una parte importante en la que el niño o niña aprende la medida del mismo a través de su familia. O, más bien, a través del ritmo que marcamos a nuestras acciones a través del tiempo.

Ante todo es fundamental demostrar a los pequeños que no siempre tiene porque dar tiempo a todo, y que no pasa nada por ello. La vida no hay que correrla sino caminarla. Y que podemos elegir lo que queremos hacer, y lo que no “entra” en ese tiempo dejarlo para otro día, sin estrés, remordimiento, ni pena. Además debemos enseñarles que hay un tiempo para hacer nuestras actividades favoritas, o para compartirlo con los demás, y también para hacer cosas que, puede, que no nos gusten tanto.

Intuitivamente, cuando son pequeños, les enseñamos que hay que esperar a los demás para comer juntos -que es más divertido- y que utilizamos momentos concretos para quedar con otros niños en el parque, o para llevarles y recogerles a la escuela.

También es buen momento para que puedan aprender a planificar pequeñas cosas como dejar preparado todo lo que necesitarán al día siguiente para vestirse o para salir a la calle, ya que estas pequeñas acciones acortan muchísimo ese espacio, a veces interminable, entre que cogemos la chaqueta, las galletas, el agua,… y realmente salimos a la calle.

Para educar a los niños en el control adecuado del tiempo y de la puntualidad es importante inculcarles rutinas desde las edades más tempranas. La rutina de irse a dormir pronto para despertarse descansados y tomar un buen desayuno para cargar las pilas, por ejemplo. Y también ir enseñándoles que vamos a un sitio a una hora concreta y que por eso no podemos alargarlo con otras cosas para, por ejemplo, estar en el colegio a la hora de la entrada, o con las personas a las que queremos y que nos esperan.

Y si hay ocasiones en las que alguien nos hace esperar, aprovechar para mostrarles cómo nos sentimos cuando alguien no respeta ese acuerdo y ver por tanto por qué no podemos hacerlo nosotros. Y si la cosa es más determinante y, por ejemplo, no llegamos a tiempo a entrar al cine o a tomar un transporte, explicarles claramente las consecuencias que tiene una mala gestión del tiempo.

De 0 a 3 y de 3 a 6 años
De 6 a 12 años
De 12 a 16 y 16 a 18 años

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