Todos nos podemos equivocar

Aprender a manejar los errores desde la infancia es algo de vital importancia. Asumir las consecuencias que estos puedan conllevar y descubrir su parte positiva, convirtiéndolos a su vez en oportunidades de mejora, es un maravilloso “ejercicio” que contribuye, además, a fomentar la resiliencia de los pequeños, adolescentes y jóvenes.
A nosotros, como adultos, nos corresponderá enseñarles la virtud de la paciencia, el diálogo y la negociación, desde el respeto y la consideración hacia los demás, ayudándoles a dimensionar y a relativizar las situaciones difíciles, así como a responsabilizarse de sus errores.
Tomemos como base lo mencionado en los rangos de edad de 3 a 6 y de 6 a 12 años y, conforme vayan creciendo, con aquellos que sean especialmente testarudos o tengan tendencia a querer tener siempre la razón abordemos dicho comportamiento desde la paciencia y la comprensión. Ayudémosles a superar esta conducta mostrándoles ejemplos de honestidad y de aceptación de nuestros propios errores. Nosotros, los mayores, también nos equivocamos, no somos perfectos, no lo sabemos todo, pero intentamos dar la mejor versión de nosotros mismos cada día. Mostrarles y admitir nuestra propia vulnerabilidad, así como nuestras debilidades, se convertirá en un ejercicio de valentía, honradez y solidez.
Durante la adolescencia es común que los jóvenes crean saber más que nosotros y que cuestionen constantemente nuestra autoridad: sienten que ya están “de vuelta” de todo. Nosotros, como adultos, deberemos de abordar este tipo de comportamientos con la mayor paciencia posible, evitando confrontaciones y promoviendo el diálogo. Hay que hacerles entender que opinar, cuestionar y buscar respuestas es positivo, pero que deben hacerlo desde el respeto mutuo y estando abiertos a otras formas de ver las cosas, incluyendo la de esos adultos tan “viejos” que pretenden saberlo todo, ya que nosotros también tuvimos su edad, hemos pasado por eso, y en la vida la experiencia es un grado que aporta sabiduría.
Aunque desafiante, la adolescencia es una parte normal (e incluso deseable) del desarrollo y una oportunidad para enseñarles valiosísimas lecciones sobre el respeto y la humildad. Tengamos en cuenta en cualquier caso que la rebeldía a estas edades es una demostración de su búsqueda por encontrar un lugar en el mundo y de ser ellos mismos.
Si les demostramos que estaremos ahí siempre para escucharlos, no solo cuando hagan las cosas bien sino también cuando se equivoquen, tendremos un canal abierto para que se sientan cómodos y seguros de compartir con nosotros sus triunfos, sus dudas, sus miedos y sus errores. Ser humildes, empáticos, admitir sus errores y colaborar con los demás les ayudará a mejorar emocionalmente, así como en sus relaciones ahora y el futuro con su entorno. Distingamos entre los errores y su valor personal. Y mucha atención con transmitirles ansiedad con nuestras expectativas. Todos queremos que nuestros hijos e hijas sean felices, que crezcan y desarrollen todo su potencial, pero no nos empeñemos en que sean perfectos. Porque eso no existe.
Durante esta etapa será inevitable que tengan que enfrentarse a tropiezos y errores en su camino hacia la edad adulta. Estos errores, aunque a veces difíciles de manejar, serán esenciales en su proceso de desarrollo. A nosotros nos tocará estar ahí, a su lado, acompañándolos, dándoles apoyo y comprensión, pero sin solucionar sus problemas a la más mínima, si no ayudándoles a que acepten y aprendan de sus experiencias, de las buenas y de las malas, siendo estas últimas las que seguramente más les marcarán y les enseñarán. Ayudémosles a relativizar, a entender que no hay nada tan importante que no se pueda hablar o solventar. Si algo tiene solución, pongámonos a buscarla y, si no la tiene, aceptémoslo. Se trata de estar a su lado cuando enfrenten las consecuencias de sus acciones o decisiones de forma responsable porque eso es lo que les va a enseñar valiosísimas lecciones de vida, resiliencia e independencia y no nuestras advertencias o “sermones”.
Nuestro papel en esta etapa deberá adaptarse y tendremos que aprender poco a poco a ir soltando su mano. Más que dictar directrices, ofrezcámosles nuestras opiniones y consejos, respetando que sus ideas sean diferentes y aceptando su creciente autonomía, así como su capacidad para decidir por sí mismos. Si están tomando el camino hacia su autonomía será porque lo hemos hecho bien. Seamos siempre ese espacio seguro donde se les escuchará, el hombro donde llorar y donde reflexionar sin que se les juzgue ni se les critique porque, aunque sus errores nos parezcan evidentes, serán SUS errores. Veámosles como proyectos de adultos capaces. Fomentemos su confianza para enfrentar desafíos y para construir su vida con las personas con las que se relacionen de forma respetuosa y saludable.