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Vivir a través de los hijos

Si eres padre o madre sabrás que es prácticamente inevitable no tender a generar expectativas sobre los hijos. Como también lo es crearlas sobre las personas con las que nos relacionamos y/o a las que queremos. Por eso, siempre, debemos de tener en cuenta cómo construimos dichas expectativas, cómo nos afectan y, sobre todo, cómo les afectan o les pueden afectar a los niños.

Creamos, por encima de todo, en sus posibilidades, en sus talentos y en las personas que pueden llegar a convertirse. Intentemos no sobreprotegerlos, ni proyectar nuestras propias frustraciones, si las tenemos, así como respetar su individualidad.


Cuando se van haciendo mayores es el momento de empezar a dejarles ser ellos mismos a la hora de organizarse, de responder a las pequeñas responsabilidades que les vamos poniendo en casa o en el colegio y de aprender. De hacer las tareas, estudiar o enfrentarse a un examen. De elegir su ropa, sus amigos y testar aquello por lo que sientan interés -siempre que no sea contraproducente- y en lo que se puedan poner a prueba y tener éxito, o no. Porque querer a la persona que es tu hijo por el simple hecho de serlo, y no por sus resultados, es obvio pero vale la pena decirlo. Porque al final, ¿qué es el éxito?

Volvemos a hacer hincapié en que cada niño y cada niña es una persona única y especial, no un puzle hecho con trocitos de otros, con derecho a ser diferente. Dejémosles que muestren su personalidad y sus talentos, sus gustos y su individualidad, sorprendiéndonos, aceptando las diferencias y celebrando lo que las cosas nuevas nos aportan. Y tengamos expectativas realistas, y siempre positivas sobre ellos. Porque que alguien espere algo bueno de ti es siempre maravilloso, y, sin lugar a dudas, potencia la autoestima y favorece el desarrollo.

También es importante tener en cuenta que hay otras expectativas de las que no  suele hablarse pero que están ahí y que sirven para sembrar paz y la buena convivencia familiar. Hacerles saber que esperamos que se comporten como auténticos miembros de la familia. Y no sólo a la hora de los derechos y privilegios sino también en los compromisos: colaboración, orden, respeto… que nos presten atención, que empaticen con el resto de los miembros, que se preocupen por nosotros igual que nosotros nos preocupamos por ellos. Y que también entiendan que en las decisiones que se toman el fin último es el bienestar de todos, y por eso los adultos “mandamos”, aunque podamos contar con su opinión, especialmente si es en algo que les atañe directamente.

Lo que esperamos de ellos ha de quedar perfectamente claro. No podemos contentarnos con que quede implícito porque los niños y adolescentes entienden los mensajes directos y sinceros, expresados con claridad y con el mismo respeto que se espera de ellos.

Y, al final de la etapa de la educación obligatoria, cuando toque elegir si seguir estudiando o “prepararse para el trabajo”, escuchar a su entorno educativo y, sobre todo, a él o a ella. Ya que por mucho que creamos que la formación superior es la mejor opción para labrarse un futuro, esto puede no ir acorde con sus intereses o con sus capacidades. No todos los niños tienen por qué ir a la universidad y ésta no es siempre garantía de ser la mejor opción. Lo que si debemos pedirles es que decidan no solo lo que quieren hacer sino también que tomen un camino; ayudándoles en todo lo que podamos y pidiéndoles que se formen y estén lo más preparados posible para desarrollarlo con éxito en el futuro. Sentirnos a su lado genera salud y seguridad. Y acompañarles en ese camino es, definitivamente, un papel vital de nosotros, los adultos.

De 0 a 3 años
De 3 a 6 años
De 6 a 12 y de 12 a 16 años
De 16 a 18 años

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